“Me gusta el silencio, desde
que empece a amarte en él”.
Pablo Neruda
Todos
tenemos algo misterioso en nuestras vidas. Ese algo que no se le cuenta a
nadie, o ese alguien que no cuenta nada.
Mi
papá es esa persona que jamás sé que está pensando. Lo observo de reojo
mientras maneja extremadamente pensativo y solo lo veo mover la cabeza de un
lado a otro, balbucear algunas palabras o mover sus manos como declarando algo;
que yo interpreto como preguntarse a sí mismo, o responderse a sí mismo. Aunque
sería mejor digno de novela que le estuviese
respondiendo a alguien más.
Bueno,
él es mi triángulo de las Bermudas, mi avión del Malaysia Airlines, mi disparo
de JFK y mi monstruo del Lago Ness. Su personalidad extremadamente reservada ha
dado como resultado un sinfín de regalos, cartas y momentos sin respuesta
alguna, por lo que si le gustaron o no, es siempre una interrogante.
Pobres
cartas en forma de corbata o peluches con vestidos personalizados de tela, solo
Dios sabe si lo lograron.
Pero
aquí les va lo curioso. A pesar de que su carácter implica ésta seriedad y
misterio constante, ocurre algo cuando se expresa. Su risa o esa cara de no sé
qué, que solo pocos sabemos que algo lo esta haciendo feliz como para demostrar
una leve sonrisa, son instantes que demuestran su sensibilidad de forma casi
primaria, real, honesta.
Y
son justamente esos momentos los que recuerdo. Como si se convirtieran en una
historia digna de contar en el recinto de un stand Up de comedia o en un
momento memorable de mi vida que se
vuelve parte de mi libro de anécdotas personales.
Mi
papá me contará poco, pero yo cuento mucho de él.
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